
Historias Frente a la Hogera Educación (EdicĆon de Audio)
Listen to Historia Once by FRANCISCO FERNANDO CAMPOS CORTES MP3 song. Historia Once song from FRANCISCO FERNANDO CAMPOS CORTES is available on Audio.com. The duration of song is 30:47. This high-quality MP3 track has 2116.8 kbps bitrate and was uploaded on 5 Oct 2022. Stream and download Historia Once by FRANCISCO FERNANDO CAMPOS CORTES for free on Audio.com ā your ultimate destination for MP3 music.










Creator Music & SFX Bundle
Making videos, streaming, podcasting, or building the next viral clip?
The Content Creator Music & SFX Bundle delivers 70 packs of hard-hitting tracks and sound effects to give your projects the fresh, pro edge they deserve.










Comment
Loading comments...
Reciban todos un cordial saludo. Este podcast es realizado con un proyecto de los estudiantes de grado dĆ©cimo de la Joraja de la Tarde, de la institución educativa Ana Josefa Morrea de TucumĆ”n, de Santander de Quilchamac. Mi nombre es Francisco Sampos. Soy docente de tecnologĆa y informĆ”tica de la institución educativa Ana Josefa Morrea de TucumĆ”n. Historias Frente a los Veras es un proyecto para recuperar esa antigua tradición de las familias colombianas, de contar historias frente al fuego de un fogón, en Ć©pocas donde los medios de comunicación y las tecnologĆas no eran parte de la vida cotidiana de muchos. No hay una temĆ”tica especial en el contenido de estos audios, solo historias contadas por parte de los estudiantes, esperamos que sean de su agrado. No habiendo dicho mĆ”s, empecemos. Historias Frente a los Veras. Hey, buenas, aquĆ vuestro presentador favorito, el mismĆsimo Juan SebastiĆ”n Viera Valencia, en una nueva programación de Historias Frente a la Hoguera. El dĆa de hoy, junto con mi equipo de grabación, venimos a traer los tres mitos y leyendas de figuras icónicas del mundo del terror, que estoy seguro que conocen, pero no la historia que tienen de fondo. AsĆ que id preparando las palomitas y el refresco, tomad asiento y acompƔƱenme a escuchar estas terribles y tĆ©tricas historias. Ā”Comenzamos! Soy Alejandra CastaƱo Valencia, y hoy os vengo a contar el mito de los espantapĆ”jaros. El campo de cultivo del viejo granjero William ha sido arrasado por los cuervos. Con ojos inyectados de ira, observa la parvada volar despuĆ©s de atrangastarse con los frutos de su cosecha. Entre granidos secos y venosos se alejan volando, asemejan burla y risas en sus cracitares. El plumaje de las aves pinta la tarde de negro. Algunas plumas caen sobre la humanidad del anciano. Observa cómo su esfuerzo fue devorado por una pandilla de cuervos, dejando como recuerdo un triste desastre en sus sembradĆos. La vena de su frente se salta, demostrando cólera. William da la media vuelta y entra a casa pensando en la solución mĆ”s bĆ”sica, un espantapĆ”jaro. Viste una cruz de madera con ropas viejas de su armario. Utiliza guantes de trabajo para coserlas en los puƱos y botas industriales para formar sus pies. Para su cabeza utiliza un saco de yute. Lo hace rellenar con bolsas de plĆ”stico y faja sobre la superficie de la tela. Empieza a cortar los que serĆ”n las cavidades oculares, asĆ como la boca, que imita una sonrisa volteada, mostrando una mueca triste que luce perturbadora. William sale esa misma tarde con su creación al campo. En su andar observa el rostro del muƱeco. Fija su mirada en los oscuros huecos recortados de sus ojos mientras oye los sillidos lejanos de los cuervos. Coloca su creación en la mitad del campo de cultivo. Aprecia por Ćŗltima vez su obra y se aleja con una sonrisa victoriosa, abriĆ©ndose paso entre el verde del sembradĆo. Levanta la mirada y observa a los cuervos volar por encima de Ć©l, yendo en dirección del espantapĆ”jaro. Voltea su rostro y ve a los cuervos parados sobre los brazos extendidos del muƱeco, mientras las aves mĆ”s jóvenes devoran el resto de su sembradĆo. Con espavientos y lamentos devuelve su andar para espantar a los devoradores de su cosecha. āĀ”Largo! āgritaba el viejo. William defraudado regresa a casa con su muƱeco bajo el brazo. Los cuervos picotearon el rostro del espantapĆ”jaro, deshilachando las lechuras que daban forma a su cabeza. El granjero remueve la testa del cuerpo del espantapĆ”jaro. Pensando sufrirla, recuerda la calabaza reciĆ©n recolectada. Con un cuchillo y suma delicadeza, recorta finos triĆ”ngulos para dotar de ojos al fruto, asĆ como una larga y dentada sonrisa. Coloca la cabeza entre los hombros del muƱeco y se aleja un par de pasos para apreciar su invención. Se siente aterrado de ver al espantapĆ”jaro. Esa misma noche se da a la tarea de clavar al muƱeco en medio del campo de cultivo. Devuelve sus pasos de entre los sembradĆos sintiĆ©ndose temeroso, siente que el muƱeco cobra vida y sigue sus pisadas. Gira rĆ”pidamente alumbrando con una linterna al espantapĆ”jaro. La figura sigue en su lugar, Ćngrima, con su alargado gesto. Solo el frĆo viento de la noche mecĆa las telas desgarradas de su vestimenta. William durmió mal esa noche. Pesadillas abrumaban su descanso. Un enorme espantapĆ”jaro le perseguĆa por entre los campos de cosecha. Garras afiladas salĆan de sus guantes clavĆ”ndolo sobre la humanidad del granjero, devorĆ”ndolo de un solo bocado. El anciano despierta ante un granido de un cuervo, recuerda su nueva obra para espantar aves y salta de la cama para observar desde su ventana. Abre las cortinas y la luz cegadora del dĆa rompe la oscuridad del cuarto. Acostumbra a su vista al reflejo matutino y puede focalizar a su espantapĆ”jaro, su cabeza destrozada de calabaza es el desayuno de un grupo de cuervos. Con el pico raspan la pulpa delgada de las paredes interiores de la cĆ”scara. William sale corriendo a toda prisa, tropezando con los muebles viejos de su casa, gritando Ā”Largo, largo, malditos pajarracos, largo! El viejo, entre sollozos y lĆ”grimas de impotencia, resuelve otra solución para su espantapĆ”jaro. Ćl mismo creerĆa su cabeza con barro. Sus manos moldeaban un crĆ”neo hueco y deforme, perforaba dos orificios enormes que simulaban ser unos ojos profundos y vacĆos. Su boca estirada no demostraba ninguna emoción, mostraba apenas estar entreabierta. En la parte alta de la cabeza dejaba un hueco que le daba al aspecto de ser un jarrón mal hecho con rostro desfigurado. El granjero colocaba la testa terminada sobre su mesa de comedor, acercó una silla y permaneció varios minutos observando el rostro monstruoso de su creación. Se perdĆan las oscuras cavidades oculares de su espantapĆ”jaro, imaginaba ruidos que provenĆan de su boca larga y semiabierta. A la tarde siguiente, William salĆa de su casa al patio con su espantapĆ”jaro de expresión frĆa y siniestra. Se adentraba en los campos de cosecha, su andar es observado por los cuerpos de las ramas de sus Ć”rboles y cables de luz. Siente como si las aves hablaran entre ellas, como si conspiraran y susurraban a espaldas del viejo. William clava al mozo en la tierra y le coloca un sombrero de paja. Regresaba con pasos pesados despuĆ©s de culminar su tarea. Cruzaba miradas con los cuervos, sentĆa mofa en sus ojos, les gritaba y ordenaba largarse. Los cuervos no se acercaban a los sembradĆos, permanecĆan inmóviles desde sus posiciones. William estaba feliz con su obra y a la vez aterrado de observarlo. Era incapaz de voltear la mirada hacia su espantapĆ”jaro. Una torrencial lluvia con rayos atormentaba la revelada de William. La silueta de su espantapĆ”jaro se dibujaba en los campos de cultivo cada vez que un relĆ”mpago iluminaba la noche. Un horror se apoderaba del viejo quien se asomaba temeroso a vigilar su creación. No tomara vida. Su muƱeco no solo espantaba a cuervos, tambiĆ©n lo asustaba a Ć©l. En la maƱana siguiente, despuĆ©s de mal dormir a causa de sus pesadillas, el anciano observaba desde la ventana al espantapĆ”jaro, advirtiendo que ha cumplido con su trabajo. Las aves se mantienen a raya de la criatura, incapaces de acercarse al aliento por el miedo que les produce el nuevo guardiĆ”n. William estĆ” satisfecho. Ćl sale triunfador ante los cuervos. Cuando la tarde cae, el viejo prende su radio de alta frecuencia. Se dispone a escuchar la transmisión de bĆ©isbol. Quiere olvidarse del horror que le infringe su obra. Se acomoda en un sucio sofĆ” de la sala y sintoniza la estación. Un eco lejano retumba por encima de la narración deportiva. Largo. OĆa. William se levantaba como un resorte de su mueble viejo. Estaba seguro de no haber imaginado ese sonido. HacĆa silencio total. No escuchaba nada. El anciano desiste de escuchar algo y sigue buscando la seƱal del partido cuando la voz se pronuncia con horror. Largo. Esta vez sabe que es real. Apaga su radio y se dirige hacia la puerta de entrada. En el camino toma un bate que se encontraba colgado en la pared de su sala. Lo empuƱa con fuerza mientras agudiza su oĆdo. Al abrir la puerta lo Ćŗnico que Will observa es el espantapĆ”jaros en medio del campo. Su horrible mirada se posa en Ć©l y creyendo que estĆ” en una de sus pesadillas lo escucha hablar y decir. Largo. El granjero se impresiona demasiado. La piel de su nuca se eriza y un sudor frĆo recorre sus sienes. Se acerca con pasos temerosos hacia el muƱeco, incrĆ©dulo ante el repentino cobro de vida de la criatura. Un ahogado. Largo. Vuelve a sonar, preveniente del espantapĆ”jaros. William entra a los cultivos quitĆ”ndose las hojas hĆŗmedas de los sembradillos sobre su rostro. La figura trĆ©ptica se hace mĆ”s grande a cada paso que da hasta que por fin pudo llegar enfrente del espantapĆ”jaros. Lo examinaba, veĆa su deforme rostro con asco, reparó en un extraƱo brillo en las cavidades oculares del muƱeco y este exclamó un cadernoso maldito. Will al escuchar lo que pronunciaba la criatura asestó un batazo sobre la cabeza de su creación. El barro macizo vuela a pedazos por el impacto infringido de Will. Para su sorpresa tres cuervos salen del interior de la cabeza despedazada del muƱeco, rasnidos y crocites. Aturden el anciano, las aves atacan el rostro del campesino cayendo al suelo, cubriĆ©ndose de los picotazos de las aves. Las negruzcas aves atacan al sentirse amenazadas, devuelven la ofensiva del... Entre aleteos y gritos rasgan la arrugada piel del granjero. Sus picos se hunden en los ojos de Will, desprendiendo los globos oculares de su rostro. La sangre excita a las demĆ”s aves que permanecĆan distantes. Su instinto carnĆvoro es saciado con el cuervo viejo de William. Decenas de cuervos se encargan de asesinar al hombre que se entrega a los brazos de la muerte. El festĆn de sangre es presenciado por muchos pares de ojos mĆ”s, testigos emplumados sobre las ramas de Ć”rboles y cables de luz, que gracias a sus ojos se encuentran en el interior de la cabeza. El festĆn de sangre es presentado por muchos pares de ojos mĆ”s, testigos emplumados sobre las ramas de Ć”rboles y cables de luz, que graznan que gritan, largo maldito pajarraco. Hola, soy Sara Nicole AlegrĆa Lemus y hoy os vengo a contar la leyenda del Wendigo. El Wendigo es un animal que vive en el sur de Estados Unidos y el suroeste de CanadĆ”. Ha nacido del canibalismo puro y su hambre nunca se ha satisfecho. Hay un montón de historias que rodean la misteriosa 13 Mayr Wood de New Hapsae. He oĆdo historias de cacerĆas por ahĆ y sobre canibalismo. No se sabe lo que pasa. Esta historia me la contó mi abuelo, que se reunió con una de las personas involucradas. Su nombre era Arnold Watson. Le encantaba cazar y amaba aĆŗn mĆ”s hacer viajes largos de caza en el bosque. Por supuesto, nunca fue solo. TenĆa un par de viejos amigos que siempre le acompaƱaban, Andy Johnson y Darrell Tenbrough. No los habĆa visto en aƱos, asĆ que todos decidimos ir en un viaje de caza de semana largo. Recogieron todas sus cosas, rifles de caza, mantas, tiendas de campaƱa, municiones, alimentos de semana. Los tres se subieron al Chevy de Arnold. El viaja a travĆ©s de los sinuosos caminos de tierra, fuego largo y llenos de OH. Estaban profundamente en el bosque ahora. A continuación, el motor comenzó a hacer clics y ruidos de pulverización. Como se estaba viniendo abajo, se desaceleró y se paró. āMaldita sea, Arnold dijo mientras pateaba la rueda. āĀæLo llenaste antes de irnos? āpreguntó Andy. āDebo haber olvidado, Arnold dijo mientras suspiraba y se recostó en su asiento. PodrĆa ser un campamento cerca de aquĆ, pero yo no quiero estar demasiado lejos de la camioneta. AsĆ que se aventuraron en el bosque un poco y encontraron un pequeƱo claro cerca de un rĆo donde podrĆan instalarse sus tiendas de campaƱa. Ya estaba oscureciendo, por lo que provocó una fogata. TenĆa un poco de algo para comer y se fue a la cama. DormĆan con sus armas a su lado de la cama, por si acaso. Todos ellos dormĆan a pierna suelta toda la noche. Arnold fue el primero en despertar. Se puso de pie y se estiró, dejando escapar un largo bosque. Salió de la tienda y se frotó los ojos. No podĆa creer lo que estaba viendo. Un oso habĆa llegado y estaba comiendo casi toda su comida. Arnold corrió a su tienda, cogió su fusil y apuntó al oso. Pero el oso ya se habĆa asustado y habĆa salido corriendo antes de que Arnold pudiera conseguir un tiro claro. āAndy, Darrell, levantaos. Un maldito oso se ha comido nuestra comida. Andy y Darrell se levantaron de golpe. āĀæQuĆ© demonios? Darrell miró con la boca abierta en los restos que quedaban de la comida. La mayorĆa de los cartuchos de escopeta habĆan sido arrojados al rĆo y solo unos pocos eran utilizables. āMierda, ĀæquĆ© vamos a hacer ahora? ĀæSin alimento? ĀæSin emulsión? āNo, fue cortado por Andy. Solo mantĆ© la calma, Darrell. āCreo que hay mĆ”s munición en el camión. ādecayó. āĀæUstedes recuerdan el camino de regreso a la camioneta? Arnold preguntó nerviosamente. āCreo que es de esta manera. āĀæO no? āDe esta manera. āBueno, podrĆa haber sido de esta manera. ādijo Andy. Darrell se golpeó la mano en la cara. āNo tienes una maldita idea de lo que estĆ”s hablando. Darrell y Andy ambos se lanzaron el uno al otro y comenzaron la lucha libre. Maldiciendo entre respiraciones. āĀ”Ey, ey, ey, ey! Deja de hacer eso. Arnold apartó a Darrell de Andy. āTenemos que llevarnos bien. Estamos en una situación de supervivencia ahora. āNo es ninguna diversión y juegos. PodrĆamos morir fĆ”cilmente aquĆ y nadie nunca nos encontrarĆ”. āNuestra mejor apuesta serĆa la de seguir el rĆo. āTal vez podrĆamos encontrar una ciudad o un puesto comercial o algo asĆ. Darrell despertó. āĀæUna ciudad? ĀæAquĆ afuera? āNi de coƱa. Estamos solos aquĆ. Nunca esnotaremos nuestro camino. Pasearon por las orillas del rĆo un poco, con frĆo y hambre. Llegó la noche, pero no se detuvieron. Sonidos empezaron a llegar desde el bosque al lado del rĆo, como ramitas rompiĆ©ndose y hojas crujiendo. Andy se animó enseguida. āĀæQuĆ© demonios fue eso? Susurró nerviosamente. āProbablemente solo un conigo cobarde. Darrell espetó. āNo seas tan preocupante. Un par de minutos pasaron y Andy se sentaron a descansar. āVoy a parar un minuto. Seguid sin mĆ. Adiós. āĀæSeguro? Preguntó Arnold. āSĆ. Yo no voy a estar mucho tiempo, aseguró Andy. AsĆ continuaron. Un grito espeluznante llenó el aire de segundos mĆ”s tarde. āĀ”Darrell! Ā”AyĆŗdame! El grito cortó rĆ”pidamente los sonidos. Arnold y Darrell corrieron de regreso a lo largo del arroyo, gritando el nombre de Andy. Oyeron un gruƱido y vieron la silueta de una figura alta y delgada, con hocico, con algo que goteaba de su boca. Les gruñó en voz alta y su eco recorrió todo el bosque. āĀæQuĆ© demonios fue eso? Preguntó Darrell. āĀæCómo se supone que lo voy a saber? Enciendo una cerilla para que podamos encontrar a Andy. Darrell encendió la cerilla y miró con horror. Restos destrozados de Andy yacĆan en el suelo. Su rostro fue devorado a mitad, con su crĆ”neo al descubierto. Sangre y carne cubrĆan la cara. Una sesión entera fue arrancada de su pecho. Sus costillas fueron limpiadas. Sus entraƱas estaban fuera y en parte comidas. Sus muslos estaban devastados. HabĆan partes donde sus huesos estaban mostrando la pierna. Lo peor de todo, una expresión horrible fue vivida en su rostro, como si estuviera congelado en el tiempo. Tan pronto como vio a la criatura. āOh, Dios mĆo. Darrell comenzó el galimatĆas murmurando. Se hizo un huillo y se meció lentamente. āĀæPor quĆ© Ć©l? ĀæPor quĆ©? Tarta muteaba. Arnold trató de consolarlo, pero Ć©l estaba histĆ©rico. āTenemos que seguir adelante, amigo. āĀæCómo puedes decir eso? ActĆŗas como si ni siquiera te preocuparas por Ć©l. Yo lo querĆa como un hermano. āNi siquiera importa. Ni siquiera importa. Bastante egoĆsta. Darrell se abalanzó sobre el cuello de Arnold. Se agarró con fuerza contra el suelo. Arnold luchó por salir de su agarre. Ćl le dio un rodillo hacia el estómago y Darrell cayó al suelo. Arnold comenzó a golpear en la cara. Darrell era impotente. Arnold lo levantó y echó la cabeza contra un Ć”rbol. Darrell se desplomó en el suelo, dejando un grueso hilo de sangre carmesĆ coteando el Ć”rbol. Sus ojos se volvieron negros y estaba loco de sed y sangre. Arnold comenzó a masticar el brazo izquierdo de Darrell, pero luego lo dejó. āĀæQuĆ©? ĀæQuĆ© he hecho? Miró sus manos llenas de sangre. Se quedó allĆ con los cuerpos. No dormĆa, sentado, con una expresión en blanco, pensando en lo que habĆa hecho. Finalmente, Arnold se dio cuenta que era su deber volver a una ciudad y decirle a la gente lo que habĆa sucedido. Se levantó y empezó a caminar. Caminó durante horas. Entonces, el chasquido de las ramitas regresó, y las hojas crujiendo. Sintió un cĆ”lido aliento en la nuca. Se dio la vuelta lentamente, y sobre Ć©l estaba la bestia. Brillantes ojos amarillos, astas y un cuerpo que parecĆa medio podrido. La caja torĆ”xica se expuso, con carne podrida alrededor de ella, la sangre y la carne coteo de su boca. Su rostro cubierto de mĆŗsculo crudo y cortes profundos. TenĆa la espalda y los hombros con parches de piel de color marrón claro. Uno de sus brazos estaba completamente descompuesto al hueso. Arnold gritó y corrió, pero saltó y lo derribó. Grumio en su cara y le mordió un trozo de pierna. Arnold gritó en agonĆa, tratando de escapar, y se retorció y pateó. Esto solo le enfureció mĆ”s. Se abalanzó sobre Ć©l de nuevo, pero esta vez Arnold se trasladó fuera del camino y la bestia cayó al rĆo. Arnold dio su oportunidad. Ćl hizo todo lo posible cogiĆ©ndose al rĆo, donde se estaba recuperando de la caĆda, a pesar del dolor insoportable. Abordó a la bestia y empujó con todo su peso sobre su cabeza, tratando de ahogarlo. Bruñó bajo el agua, y agitó sus brazos y piernas, pero Arnold mantuvo su agarre. Poco a poco se hizo mĆ”s y mĆ”s dĆ©bil, hasta que se silenció por completo. Arnold suspiró de alivio y cayó de espaldas a la orilla del rĆo. Descansó un rato y trató de seguir adelante. Ćl corrió por el bosque hasta la maƱana, y se encontró un camino. Gracias a Dios, pensó. Arnold estaba en el camino por un corto tiempo. Antes de que un camión llegara, se detuvo y el hombre salió a toda prisa del asiento del conductor y ayudó a Arnold. JesĆŗs, hombre, ĀæquĆ© pasó? Arnold respondió cansadamente. Voy a explicar pronto. Un paseo, por favor. El hombre miró confundido. Por supuesto, por supuesto, deja que te ayude en el camión. Arnold subió y tomó un gran trago largo de agua de la botella del hombre. Le contó al hombre lo sucedido. Ese hombre era mi abuelo. Arnold fue llevado al hospital, pero murió debido a una infección en la herida de su pierna. De vez en cuando, los cazadores cuentan historias que escuchan en voz alta, gritos desgarradores, historias similares de veces a niveles. Si son ciertas o no, hay algo que estĆ” al acecho en la 13 Mile Woods. Si alguna vez decides hacer un viaje allĆ y te encuentras con un viejo camión o un campamento abandonado, da marcha atrĆ”s. Por el amor de Dios, da marcha atrĆ”s. Y si no lo haces, Dios te ayude. Hola, soy Daryl Mayerle Prado y hoy les vengo a contar la historia de El Jinete Sin Cabeza. Y el silencio crepĆŗsculo se arrebujaba entre la dulce meditación en que la llanura solĆa estaciarse. Las aves herĆan con su alegre sinfonĆa la inquietud majestuosa de la tarde. Lejos donde el sol parece arder entre el candente pebetero de la lejanĆa, un grupo de darsos van copiando sus imponidas plumajes en los colores maravillosos de los exóticos paisajes, en cuyos celajes hay tintes de presagio de penas melancólicas. Todo el ambiente parece guardar instantes de santa meditación, y en las copas floridas de los centenarios Ć”rboles, el viento arrecuesta sus erizados cabellos. Es verano y toda la llanura estĆ” reseca y solitaria. Con aquella triste melancolĆa, ha sido un atardecer maravilloso, y pronto sus poĆ©ticas bellezas devorarĆ”n la noche que pronto llegarĆ”. AllĆ” en el corredor de la hacienda, el viejo patrón lee con devota atención el periódico del dĆa, volando de cuando en cuando bocadanas de humo de pipa. Son pasadas las seis de la tarde. Este busca tomar un poco de aire fresco. En los corrales del ganado espera entrar en reposo, y de cuando en cuando, oyĆ©ndose los Ćŗltimos gritos de los sabaneros que arrean una punta de ganado de ordeƱo. La peona se da concentrado en la cocina, y sentados al contorno de una mesa tosca y ennegrecida, saborean con apetito la merienda del dĆa. Los congos con sus notas de órgano no cesan de cantar el alegro grandioso. Todo el llano se puebla de sombras, y en los corredores de la inmensa casona de la hacienda, los candiles lanzan su luz cobrisa. Patricia, la hija mayor del patrón, se da acercado hasta su lado un poco nerviosa, pues rociando, uno de los sabaneros acaba de contar una terrorĆfica narración, de las que suelen contarle cuando terminan el tajĆn. ĀæQuĆ© te pasa, hija mĆa?, preguntó aquel viejo, apartando un rato su pipa de su boca, con aquellas heridas de hombre respetable. Vieras, papĆ”, que rociando estaba contando en la cocina que aquĆ asustan, que llega tosias las noches hasta el corredor un jinete sin cabeza. Una sonrisa picaresca dejó escaparse de entre su tupido bigote. No temas, hijita, son supersticiones, son leyendas que estos hombres suelen contarse en sus ratos de ocio, para pasar el tiempo. Pero papĆ”, dijo la chiquilla, Āæa quĆ© viene esto? Yo te lo contarĆ©, escĆŗchame. Siendo yo bastante joven, me contaba mi abuela, que en aquellos dorados tiempos, cuando la hacienda contaba con todas las comodidades del caso, se celebraba con gran pompa la fiesta del nacimiento del niƱo Dios. Por supuesto que era una fiesta preparada, donde nadie de la numerosa concurrencia se iba con el estómago vacĆo. Pues bien, Luciano, muchacho de buenos sentimientos, hijo del patrón de la hacienda, tenĆa una novia, la cual querĆa mucho, por la cual estaba haciendo preparativos para la boda, cuya fecha fijada serĆa el 25 de diciembre, en que se casarĆa con Carmelita, una preciosa chiquilla, la flor del llano, que habrĆa entregado la fragancia de su perfume a un corazón enamorado. JosĆ© Sabanero, dotado de malos sentimientos, que trabajaba en una de las haciendas cercanas a esta, estando tambiĆ©n enamorado de Carmelita, y lleno de celos, al saber que Ć©sta pronto se casarĆa con Luciano, decidió una tarde irlo a espiar, al cruce del camino de la plazoleta, y asĆ saciar su criminal y cruel instinto. En efecto, Luciano, sin saber nada de lo que ocurrĆa, volvĆa alegremente a la hacienda, cuando al pasar por el lugar, JosĆ©, sin masticar palabra alguna, se lanzó encima del desafortunado muchacho, descargando su arma criminal y cortĆ”ndole la cabeza. El criminal se dio a la fuga y no se volvió a saber mĆ”s de su paradero. Por eso, hija mĆa, cuando en las noches de la luna y calma, y el llano duerme entre misterios o secretos, se escucha trotar lejano un caballo que viene acercĆ”ndose a la hacienda. Luego se oye que desmonta a alguien, entra al corredor despuĆ©s de pasearse largo rato, vuelve a montar y se aleja por el llano. Cuentan los que han visto que es un jinete sin cabeza. Es el mismo que en otro tiempo fue vĆctima de aquella tragedia falsionaria. Es el alma de Luciano que busca entre el misterio de la muerte y la realidad de la vida, la linda mujer de sus sueƱos perdida en vĆsperas de su boda. Ya ves, hijita, esa es la leyenda de Rociando. Quiso contarles a sus compaƱeros. Ahora, ande tranquila a dormir, que yo te seguirĆ©. Y olvida esa superstición y que Dios te acompaƱe. Patricia, despuĆ©s de oĆr aquel relato, dio un beso a su padre y pasó a paso su vida entre un profundo silencio. Fue en busca del descanso. En el subguancillero, un sabanero al compĆ”s de una vieja guitarra rumĆa sus penas en las dolientes notas de una canción. Triste y sentimental, canción que lleva y vuela en la frĆa brisa de Luciano al ser pasada en las copas flotecidas de los Ć”rboles centenarios. Canción que hace llegar hasta el blando lecho donde duerme la amada mujer de sus sueƱos. Bueno, bueno, bueno. Esas fueron las historias del dĆa de hoy. Gracias por haber estado con nosotros y haber estado escuchando estas historias tan atentamente. Nos veremos en la próxima programación con muchas mĆ”s historias interesantes. Hasta luego audiencia y que tengan un feliz dĆa. Adiós.
There are no comments yet.
Be the first! Share your thoughts.
