
Listen to 422 - corazon delator by Azotea del Mundo MP3 song. 422 - corazon delator song from Azotea del Mundo is available on Audio.com. The duration of song is 14:28. This high-quality MP3 track has 127.71 kbps bitrate and was uploaded on 29 Feb 2024. Stream and download 422 - corazon delator by Azotea del Mundo for free on Audio.com – your ultimate destination for MP3 music.










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The speaker confesses to being extremely nervous and denies being crazy. He describes his obsession with an old man's eye and his plan to kill him. He recounts how he carefully entered the old man's room every night for a week, shining a light on the eye, but always finding it closed. On the eighth night, the old man wakes up and the speaker remains still. The heartbeat of the old man grows louder and the speaker finally kills him. He dismembers the body and hides it under the floorboards. When the police come to investigate a neighbor's report, the speaker remains calm and confident, even sitting on the floorboards where the body is hidden. However, as the police continue to talk, the speaker becomes overwhelmed by the sound of the old man's heartbeat and confesses to the crime. Debo confesar que soy nervioso. Muy, muy nervioso. Tremendamente nervioso. Lo he sido siempre y lo sigo siendo. Pero, ¿por qué os empeñáis en decir que estoy loco? La enfermedad habÃa abusado mis sentidos, pero no los habÃa destruido ni embotado. Sobre todo tenÃa un oÃdo agudÃsimo. OÃa todas las cosas del cielo y de la tierra, e incluso las cosas del infierno. ¿Cómo pues puedo estar loco? Escuchad y observad con cuánta cordura y con cuánta calma puedo contaros toda la historia. Es imposible decir cómo entró de primeras la idea en mi cerebro, pero una vez concebida me persiguió dÃa y noche. Motivo no lo habÃa. Pasión no la habÃa tampoco. Yo querÃa al viejo. Nunca me habÃa hecho mal. Ni me habÃa insultado. Su oro no lo codiciaba yo. Creo que era su ojo. SÃ, eso era. TenÃa un ojo de buitre. Un ojo azul, pálido, con una catarata en él. Siempre que se fijaba en mà se me lavaba la sangre. Y asÃ, gradual, muy gradualmente, decidà quitar la vida al viejo. Y de esa manera librarme de aquel ojo para siempre. Ahora viene el kid. Me creeréis loco, pero los locos no tienen idea de nada. En cambio, deberÃais haberme visto a mÃ. DeberÃais haber visto cuán sabiamente procedÃ. Con qué precaución, con qué cautela, con qué disimulo, puse manos a la obra. Nunca estuve más amable con el viejo que durante la semana anterior a su muerte. Y cada noche, a esos de las doce, giraba el picaporte de su cuerpo y la abrÃa. ¡Ah, con qué suavidad! Y luego, cuando la habÃa abierto lo suficiente para pasar la cabeza, metÃa una linterna sorda, tapada, toda tapada, para que no se escapase ni un rayo de luz. Y luego introducÃa la cabeza. ¡Ah, os habrÃais reÃdo viendo cuán hábilmente la introducÃa! La movÃa lenta, muy lentamente, para no turbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora pasar la cabeza entera, por el resquicio, hasta poder verla extendida en la cama. ¡Ja! ¿Acaso un loco podrÃa haber actuado con tanta prudencia? Y luego, cuando tenÃa bien asomada la cabeza, en la habitación destapaba la linterna, cuidadosamente. ¡Ah, con qué cuidado! La destapaba justo lo necesario, para que sólo un tenue rayo de luz cayera sobre el ojo de Buitre. Y esto lo hice siete largas noches, justo a las doce, todas ellas. Pero siempre encontré cerrado el ojo, y asà era imposible realizar mi propósito. Porque no era el viejo el que me exasperaba, sino su mal de ojo. Y todas las mañanas, cuando despuntaba el dÃa, entraba despreocupadamente en la habitación, y le hablaba con naturalidad, llamándole por su nombre, en tono cordial, y preguntándole cómo habÃa pasado la noche. Ya veis, pues, que tendrÃa que haber sido un viejo muy listo para sospechar que todas las noches, a las doce en punto, yo le observaba mientras dormÃa. A la octava noche, puse mayor precaución que de costumbre en abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve más deprisa que lo que se movÃa entonces mi mano. Nunca hasta esa noche habÃa sentido la magnitud de mi propio poder. Mi sagacidad apenas podÃa reprimir mi sensación de tiempo. Pensar que yo estaba allÃ, abriendo la puerta, poco a poco, y que él ni siquiera soñaba con mi secreta sanctidad y pensamiento. Reà entre dientes ante aquella idea, y quizás me oyó, porque se revolvió de pronto en la cama, como si se sobresaltara. Ahora pensaréis que me retiré. Pues no, su habitación estaba negra, como boca de lobo, de densas que eran las tinieblas. Yo sabÃa, por lo tanto, que él no podÃa ver el resquicio de la puerta, y continué empujándole, poco a poco, poco a poco. TenÃa ya la cabeza dentro, estaba a punto de abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló sobre el cierre de metal, y el viejo se incorporó de un salto en la cama, gritando, ¿Quién anda allÃ? Permanecà completamente inmóvil, sin decir nada. Durante una hora entera no movà ni un solo músculo, y en ese tiempo no oà que volviera a acostarse. Continuaba sentado en la cama. Luego percibà un gemido, y supe que era un quejido, de quien expresa de terror mortal. No era un gemido de dolor o aflicción. ¡Oh, no! Era un sonido quieto y ahogado, que sale del fondo de un alma abrumada de espacio. Yo lo conocÃa perfectamente. Muchas noches, al filo de las doce, cuando todo el mundo dormÃa, habÃa brotado en mi pecho, intensificando con su pavoroso eco los terrores que me enloquecÃan. Repito que lo conocÃa perfectamente. SabÃa lo que el viejo estaba sintiendo, y me compadecÃa de él, aunque la risa me llegase al corazón. SabÃa que él continuaba despierto a raÃz del primer léverculo, cuando se dio la vuelta de la cama, y desde entonces sus temores habÃan ido en continuo aumento. HabÃa estado diciéndose a sà mismo, no es más que el viento en la chimenea, o tan solo un ratón que ha corrido por el suelo. También pudo decirse, es simplemente un trillo que ha dejado escapar un chirrido. SÃ, habÃa estado probando a darse ánimos con estas suposiciones, pero todo era en vano, todo en vano, porque la muerte, al aproximárselo, habÃa proyectado su gran sombra en él, envolviendo en ella a la vÃctima, y era la influencia fúnebre de la sombra invisible la que le hacÃa sentir, aunque no viera ni oyera, sentÃ, sÃ, la presencia de mi cabeza dentro de la habitación. Cuando hube esperando largo rato, con la mayor paciencia, sin oÃr que se echara de nuevo, resolvà abrir una pequeña, muy pequeña, rendija en la linterna. Asà lo hice, no os imagináis cuán furtivamente, con cuanta suavidad, hasta que al fin un único rayo de luz, tenu, como un hilo de telaraño, salió por la abertura y fue a caerle lleno sobre el ojo de Willy. Estaba abierto, abierto por completo, y al mirarlo me enfurecÃ. Lo vi con perfecta nitidez, todo el azul mate, cubierto con un repugnante velo que me lava hasta la misma médula de sus huesos. Pero no alcanzaba a ver nada más de la cara ni el cuerpo del viejo. Y es que habÃa dirigido el rayo de luz, como por instinto, exactamente sobre el maldito punto. No os he dicho que lo que tomáis por locura no es sino hiperestesia de los sentidos, pues os aseguro que me llevó a los oÃdos un sonido que, sordo y bobo, como de un reloj envuelto en algodón, también conocÃa perfectamente ese sonido. Era el latir del corazón del viejo. Exitó mi furia, como el redoblar del tambor excita el valor del soldado. Pero aún asà me reprimà y continué inmóvil. Apenas respiraba. SostenÃa la linterna sin moverla. Probé a ver cuán firmemente podÃa mantener el rayo de luz sobre el ojo. Mientras tanto, el infernal palpitar del corazón aumentaba. A cada instante se aceleraba y se intensificaba su sonido. El terror del viejo tenÃa que ser tremendo. El palpitar se hacÃa más y más sonoro a cada momento. ¿Comprendéis? Ya os he dicho que soy nervioso. Sà que lo soy. Y ahora, en la quietud máxima de la noche, en medio del lúgubre silencio de la vieja casa, un ruido tan extraño como aquel me excitaba. Hasta un terror incontrolable. No obstante, durante algunos minutos más me reprimà y permanecà quieto. Pero el latir se hacÃa más sonoro, más sonoro. El sonido aquel lo iba a oÃr algún vecino. La vÃa ha llegado al viejo, su última hora. Con un penetrante al herido, abrà toda la linterna y me precipité en la habitación. Él gritó una vez, una sola vez. En un santiamén le arrojé al suelo y volqué sobre él la besada capa. Durante unos minutos el corazón siguió latiendo, con un sonido ahogado, pero ya no me irritaba. Aquello no podÃa oÃrse a través de las paredes. Al fin cesó. El viejo estaba muerto, completamente muerto. Puse la mano sobre su corazón, manteniéndola allà muchos minutos. No habÃa pulsación. Estaba completamente muerto. Su ojo no volverÃa a atormentarme. Si aún pensáis que estoy loco, cambiaréis de opinión cuando os describa las sabias precauciones que tomé para esconder el cuerpo. La noche declinaba y trabajé con prisas, pero en silencio. Lo primero que hice fue desmembrar el cadáver. Le corté la cabeza, los brazos y las piernas. Luego saqué tres tablas de la tarima de la habitación y deposité todo entre los ristreles. Luego volvà a colocar las tablas con tanta habilidad que ningún ojo humano, ni siquiera el suyo, hubiese podido descubrir normalidad alguna. Nada habÃa que lavar, ninguna mancha ni huellas de sangre en absoluto. HabÃa sido yo demasiado precavido para eso. Todo habÃa ido a parar a la bañera. Cuando puse fin a estas labores, eran ya las cuatro de la madrugada y la oscuridad era tan profunda como a medianoche. Cuando una campana del reloj dio la hora, llamaron a la puerta de la casa. Bajé a abrir con ánimo confiado. Pues, ¿qué podÃa temer ya? Entraron tres hombres que se presentaron muy cortesmente como agentes de policÃa. Un vecino habÃa oÃdo un grito durante la noche y, sospechando que hubiera podido ocurrir algo malo, habÃan presentado una denuncia en la delegación de policÃa y ellos venÃan a practicar un registro en la vivienda. SonreÃ. Pues, ¿qué podÃa temer? Dà la bienvenida a los caballeros. El grito. Les dije que lo habÃa lanzado yo mismo, soñando. Les expliqué también que el viejo estaba ausente. De viaje, por la comarca. Conduje a mis visitantes por toda la casa y les invité a que la registraran. A que la registraran bien. Les llevé, por fin, a la alcoba de él. Les mostré sus tesoros, protegidos, intactos. En el entusiasmo de mi confianza, traje sillas a la habitación y les rogué que descansaran allà de sus fatigas, mientras yo, con la desenfrenada audacia de mi triunfo perfecto, colocaba mi propio asiento sobre el mismo lugar bajo el que se hallaba el cadáver de la vÃctima. Los agentes se dieron por satisfechos. Mi actitud les habÃa convencido. Les sentÃa singularmente a gusto. Se sentaron y, mientras yo les respondÃa con jovialidad, charlaron de cosas familiares. Pero, al poco rato, me sentà palidecer y decÃa que se fue. Me dolÃa la cabeza y sentÃa un repiqueteo en los oÃdos, pero ellos aún seguÃan allÃ, sentados y charlando. El repiqueteo se hacÃa más claro, persistÃa y se hacÃa más claro. Yo hablaba con más verbosidad para librarme de aquella sensación, pero ésta continuaba y se volvÃa más precisa, hasta que, al fin, descubrà que el ruido no nacÃa en mis oÃdos, sin duda. Entonces me puse muy palido, pero hablaba con mayor fluidez y en tono más alto. No obstante, el sonido crecÃa. ¿Pero qué podÃa hacer yo? Era un sonido quieto, sordo y vivo, muy semejante al que produce un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba y, sin embargo, los agentes no lo oÃan aún. Hablaba más deprisa, más vehemente, pero el ruido crecÃa sin cesar. Me levanté y hablé de tonterÃas en voz alta y con violenta gesticulación, pero el ruido crecÃa sin cesar. ¿Por qué no querrÃan marcharse? Comencé a andar de un lado para otro de la habitación, a grandes y pesados trancos, como exasperado por las observaciones de los visitantes, pero el ruido crecÃa sin cesar. ¡Oh, Dios! ¿Qué podÃa hacer? Echaba espumarajos, desvariaba, maldecÃa, balanceaba la silla en la que estaba sentado y la hacÃa rechinar contra las tablas, pero el ruido se imponÃa a todo y aumentaba sin cesar. Se hacÃa más fuerte, más fuerte, más fuerte, y los hombres continuaban charlando, las enteramente, y sonreÃan. ¿SerÃa posible que no oyeran nada? ¡Dios todopoderoso! ¡No, no! ¡OÃan! ¡Sospechaban! ¡SabÃan! ¡Se estaban burlando de mi horror! Asà lo creÃ, y asà lo creÃ. Pero cualquier cosa era mejor que aquella agonÃa. Cualquier cosa era más soportable que aquella burla. No podÃa aguantar por más tiempo aquellas hipócritas sonrisas. Comprendà que tenÃa que gritar o morir, y ahora, otra vez, escuchar. Más fuerte, más fuerte, más fuerte. ¡Miserables! Chillé. Dejad de disimular, lo confieso todo. Arrancad las tablas. AquÃ, aquÃ, es el ladrillo de su odioso corazón.
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