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Listen to LO QUE VIENE by malmuzrazab MP3 song. LO QUE VIENE song from malmuzrazab is available on Audio.com. The duration of song is 08:00. This high-quality MP3 track has 166.089 kbps bitrate and was uploaded on 19 Jan 2024. Stream and download LO QUE VIENE by malmuzrazab for free on Audio.com – your ultimate destination for MP3 music.










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El capitán RamĂrez estuvo atento toda la mañana a ver si sucedĂa alguna cosa, pero por más que observĂł y estuvo toda la mañana desde lo alto observando, la masa informe de protestantes aĂşn se mantenĂa quieta a unos 500 metros de la entrada principal del cuartel. Sus más estrechos colaboradores le habĂan informado que el asalto serĂa pasado el mediodĂa, y ahĂ habĂa estado hasta las 2 de la tarde, dispuesto a resistir a como diera lugar. En la entrada principal del cuartel estaban sus cinco mejores hombres, hombres duchos en la materia, ya con más de 20 años en servicio, dispuestos a dar incluso sus propias vidas con tal de hacer respetar el orden. Pero, aparte de ellos, el resto del contingente realmente se veĂa a mal traer. Unos estaban heridos, otros más que contusos. TenĂa dos en la enfermerĂa ya prácticamente medio muertos, producto de unos balazos y golpes en la cabeza. Las protestas habĂan sido ya extremadamente violentas. Ya no habĂan podido mantener el orden en todo el pueblo, y las hordas de manifestantes y de delincuentes, todos mezclados, realmente hacĂa insostenible la situaciĂłn. ÂżQuĂ© habĂa sucedido? ÂżQuĂ© habĂa permitido que todo ese desenfreno de odio y de rencor hacia ellos se manifestara de esa manera, con bombas mĂłlotov, piedrazos, piedras, en fin, y ahora Ăşltimo en la Ăşltima noche, balazos y disparos de grueso calibre? ÂżHabĂa una indignaciĂłn muy grande a nivel nacional respecto a ellos? Pero Ă©l sabĂa de que no era un problema de ellos como representantes de la ley. Más bien eran instrucciones que venĂan desde lo alto, desde arriba, que era mantener el orden sin causar daño a quienes lo quebrantaban, y eso era difĂcil de hacer entender a las personas. Los medios de comunicaciĂłn y las redes sociales hacĂan lo propio e incentivaban a que todo esto fuera asĂ, a que el manifestante se mostrara siempre reacio a la autoridad y de una u otra manera desafiarla. Era una cosa increĂble que Ă©l no podĂa entender. Pero ahĂ estaba, en la torreta, esperando el enfrentamiento final. SabĂa que refuerzos no llegarĂan. La comandante central ya habĂa dicho que no contaban con más refuerzos. La capital regional ya estaba totalmente rodeada y el ejĂ©rcito poco y nada podĂa hacer allá, allá lejos, en la capital regional. ÂżQuĂ© se esperaba del resto de las regiones y provincias? No se sabĂa absolutamente nada. El caos era por doquier y ellos tenĂan que mantener el orden. Era lo que le exigĂa el alcalde y los pobladores que aĂşn tenĂan a su haber, que diariamente le habĂan estado lanzando comida y vĂveres e insumos mĂ©dicos para poder mantener vivo a sus heridos. En las cuatro pequeñas torretas de la comisarĂa estaban puestos sus mejores hombres, con fusil, pistolas y metralletas, cada cual con la cantidad de municiones permitidas por reglamento. Abajo, justo en el centro, frente al portĂłn, el carro lanzaguas, listo y dispuesto para lanzar ese chorro que posiblemente podrĂa contener por algunos minutos a las hordas violentas, salvajes de aquellos que protestaban, que querĂan verlos desaparecer. ÂżPor quĂ© ese comportamiento tan irracional de estas masas, de estas gentes, tal vez desprovistas de raciocinio, de cordura, de hábitos sanos del buen vivir que antaño todo el paĂs tenĂa como una caracterĂstica principal? Nadie lo sabĂa. Se habĂa cultivado un odio, una rabia en torno a ellos, a lo que ellos representaban, al orden, a un sentido de paĂs, a un sentido de patria. No se tenĂa idea por quĂ© razĂłn ese odio se enfocaba en ellos, en cada uno de ellos. MirĂł nuevamente hacia abajo. El carro estaba listo. Detrás del carro sus seis principales hombres, siempre dispuestos a salir a la calle a mantener el orden, a exigir el orden, a como diera lugar, cada uno con su casco, su escudo y su bastĂłn, sin pistola, sin armamento, pues asĂ lo habĂa sugerido la jefatura central para no despertar más odiosidades. Tal vez era el final de todo. Tal vez era lo Ăşltimo que ellos tendrĂan que hacer hasta que asumiera un nuevo orden, una nueva jefatura, un nuevo sentido de orden, un nuevo sentido de patria y de orden. Era lo que no se sabĂa. En ese momento, desde la otra torreta, se le informĂł que estaban listos. La horda insaciable de delincuentes y protestantes se acercaban marchando con banderolas rojas y amarillas y colores, indistintivamente sĂmbolos de decadencia, de desorden, de desaciertos socio-emocionales. En fin, no habĂa pabellones patrios, solamente colores aleatorios que indicaban tal vez distintas ideas, distintas posiciones, distintas creencias. Y en ese momento los disparos comenzaron a sentirse, comenzaron a pasar por sobre sus cabezas, como zumbido de abejas o golpes duros y fuertes en los muros y en los latones que les protegĂan. En ese momento, de pronto, pudo observar como los que protestaban se lanzaban ya con fuerza y con rabia, con palos, piedras y trozos de metal contra el portĂłn metálico. La Ăşnica defensa que tenĂan para evitar tomar la comisarĂa. Un disparo hizo caer a su lugarteniente. Otro casi le vuela el ojo. No sabĂa quĂ© hacer. Ya el tiempo estaba terminado. Una bomba molotov pasa por encima de sus cabezas y cae justo en medio de los seis hombres que se hallaban justo tras el camiĂłn lanzaguas. En ese momento la mochedumbre golpea el portĂłn. Este ofrece muy poca resistencia y cae. Ingresan todos abafallando. Quien está en el comando del camiĂłn no alcanza a reaccionar. Rápidamente es sacado de la cabina y es muerto a golpes y a patadas furiosas por parte de los que manifiestan. El resto, quienes ya están ahĂ quemándose, tambiĂ©n tienen una suerte similar. De la torreta se escuchan disparos, pero rápidamente son atallados. El capitán RamĂrez observa cĂłmo tratan de subir por la escalera de manera descontrolada. Los otros tienen ojos desorbitados. La saliva se sale como si estuvieran rabiosos y sus miradas están perdidas. Solamente quieren destruirlos. Solamente quieren como comĂ©rselos a pedazos. Pues ya han comenzado con los cadáveres. Han estado rompiendo sus cráneos para comer sus cerebros. Y Ă©l sabe que ese es el fin que tendrá. Su cerebro tambiĂ©n será comido y engolido por estas bestias. Solo que Ă©l solamente saca su revĂłlver y se lanza un tiro. Y se vuelan los sesos. Este fue un relato de Malmus Razza.
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