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Listen to LGDLM caps 9,10 y 11 by Alain Padron MP3 song. LGDLM caps 9,10 y 11 song from Alain Padron is available on Audio.com. The duration of song is 39:52. This high-quality MP3 track has 943.342 kbps bitrate and was uploaded on 9 Dec 2023. Stream and download LGDLM caps 9,10 y 11 by Alain Padron for free on Audio.com ā your ultimate destination for MP3 music.










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Rwy'n gobeithio y byddwn yn gweithio'n fawr iawn, ond rwy'n gobeithio y byddwn yn gweithio'n fawr iawn. Rwy'n gobeithio y byddwn yn gweithio'n fawr iawn, ond rwy'n gobeithio y byddwn yn gweithio'n fawr iawn. Rwy'n gobeithio y byddwn yn gweithio'n fawr iawn, ond rwy'n gobeithio y byddwn yn gweithio'n fawr iawn. Rwy'n gobeithio y byddwn yn gweithio'n fawr iawn, ond rwy'n gobeithio y byddwn yn gweithio'n fawr iawn. Rwy'n gobeithio y byddwn yn gweithio'n fawr iawn, ond rwy'n gobeithio y byddwn yn gweithio'n fawr iawn. Ysgrifennaf Ysgrifennaf Ysgrifennaf El sĆ”bado ha quedado grabado en mi memoria como un dĆa de incertidumbre. Fue tambiĆ©n una jornada calurosa y pesada, y el termómetro fluctuó constantemente. Yo habĆa dormido poco, aunque mi esposa logró descansar bien. Por la maƱana me levantĆ© muy temprano, salĆ al jardĆn antes de desayunar y me quedĆ© escuchando, pero del lado del campo comunal no se oĆa nada mĆ”s que el canto de una alondra. El lechero llegó como de costumbre. OĆ el estrĆ©pito de su carro y fui hacia la puerta lateral para pedirle las Ćŗltimas noticias. Me informó que durante la noche los marcialos habĆan sido rodeados por las tropas y que se esperaban caƱones. En ese momento oĆ algo que me tranquilizó. Era el tren que iba hacia Woking. āNo los van a matar si pueden evitarlo ādijo el lechero. Vi a mi vecino que estaba trabajando en su jardĆn y charlĆ© con Ć©l durante un rato. DespuĆ©s me fui a desayunar. Aquella maƱana no ocurrió nada excepcional. Mi vecino opinaba que las tropas podrĆan capturar o destruir a los marcialos durante el transcurso del dĆa. āEs una pena que no quieran tratos con nosotros āobservó. āSerĆa interesante saber cómo viven en otro planeta. QuizĆ” aprenderĆamos algunas cosas. Acercóse a la cerca y me dio un puƱado de fresas. Al mismo tiempo me contó que se habĆa incendiado el bosque de pinos próximo al campo de golf. Dicen que ha caĆdo allĆ otro de los condenados proyectiles. Es el nĆŗmero dos. Pero con uno basta y sobra. Esto le costarĆ” mucho dinero a las compaƱĆas de seguros. RĆo jovialmente al decir esto y agregó que el bosque estaba todavĆa en llamas. āEl terreno estĆ” muy caliente durante varios dĆas debido a las agujas de pino āagregó. Se puso serio y luego dijo. āCobreo, Jirby. DespuĆ©s del desayuno decidĆ ir hasta el campo comunal. Bajo el puente ferroviario encontrĆ© a un grupo de soldados del Cuerpo de Zapadores que lucĆan gorros pequeƱos, sucias chaquetillas rojas, camisas azules, pantalones oscuros y botas de media caƱa. Me dijeron que no se permitĆa pasar al otro lado del canal. Y al mirar hacia el puente vi a uno de los soldados del regimiento de Cardigan que montaba allĆ la guardia. Durante un rato estuve conversando con estos hombres y les contĆ© que la noche anterior habĆa visto a los marcianos. Ellos tenĆan ideas muy vagas acerca de los visitantes, de modo que me interrogaron con vivo interĆ©s. Dijeron que ignoraban quiĆ©n habĆa autorizado la movilización de las tropas. Opinaban que se habĆa producido una disputa al respecto en los guardias montados. El zapador ordinario es mucho mĆ”s culto que el soldado comĆŗn y comentaron las posibilidades de la lucha en perspectiva con bastante justeza. Les describĆ el rayo calórico y comenzaron a discutir entre ellos. āLo mejor serĆa arrastrarnos hasta encontrar refugio y tirotearlos āexpresó uno. āĀ”Bah! ādijo otroā Āæcómo se puede encontrar refugio contra ese calor? Ā”Si te cocinan! Lo que hay que hacer es llegar lo mĆ”s cerca posible y cavarlo a la trinchera. āEs verdad que no tienen cuello ādijo de pronto un tercero. RepetĆ la descripción que hiciera unos momentos antes. āOctopus ādijo Ć©lā, asĆ que esta vez tendremos que pelear con peces. āNo es un crimen matar bestias asĆ āmanifestó el que hablarĆ” primero. āĀæPor quĆ© no los caƱonean de una vez y terminan con ellos? āpreguntó otro. āNo se sabe lo que son capaces de hacer. āĀæY dónde estĆ”n las balas? āNo hay tiempo. Creo que deberĆamos atacarlos ahora sin perder ni un minuto. AsĆ continuaron discutiendo. Al cabo de un rato me alejĆ© de ellos y fui a la estación para buscar tantos diarios matutinos como hubiera. Mas, no fatigarĆ© al lector con una descripción de aquella maƱana tan larga y de la tarde, mĆ”s larga aĆŗn. No logrĆ© ver el campo comunal, pues incluso las torres de las iglesias de Horsley y Chobham estaban ocupadas por las autoridades militares. Los soldados con quienes hablĆ© no sabĆan nada. Los oficiales estaban muy ocupados y no quisieron darme informes. La gente del pueblo se sentĆa nuevamente segura ante la presencia del ejĆ©rcito, y por primera vez me enterĆ© de que el hijo del cigarrero Marshall era uno de los muertos en el campo. Los soldados habĆan obligado a los que vivĆan en las afueras de Horsley a cerrar sus casas y salir de ellas. VolvĆ a casa alrededor de las dos. Estaba muy cansado, pues, como ya he dicho, el dĆa era muy caluroso y pesado, y por la tarde me refresquĆ© con un baƱo frĆo. Alrededor de las cuatro y media, fui a la estación para adquirir un diario vespertino, pues los de la maƱana habĆan publicado una descripción muy poco detallada de la muerte de Sten, Henderson, Ogilvy y los otros, pero no encontrĆ© en ellos nada que no supiera. Los marcianos no se mostraron para nada. ParecĆan muy ocupados en su pozo y se oĆa el resonar de los martillazos, mientras que las columnas de humo eran constantes. Aparentemente estaban preparĆ”ndose para una lucha. Se han hecho nuevas tentativas de comunicarse con ellos, mas no se obtuvo el menor Ć©xito. Esa era la fórmula empleada por los diarios. Un zapador me dijo que las seƱales las hacĆa un soldado ubicado en una zanja con una bandera atada a una vara muy larga. Los marcianos se le prestaron tanta atención como a la que le prestarĆamos nosotros a los mojidos una vaca. Debo confesar que la vista de todo este armamento y de los preparativos me excitó en extremo. Me tornĆ© beligerante y en mi indignación derrotĆ© a los invasores de diversas maneras. Volvieron a mĆ parte de los sueƱos de batalla y heroĆsmo que tuviera durante mi niƱez. En esos momentos me pareció una batalla desigual. Los marcianos daban la impresión de encontrarse totalmente indefensos en su pozo. Alrededor de las tres comenzaron a oĆrse las detonaciones de un cañón que estaba en Chetsey y Yaddlestone. Me enterĆ© de que estaban caƱoneando el bosque de pinos donde habĆa caĆdo el segundo cilindro, y deseaban destruirlo antes de que se abriera. Mas, eran ya las cinco cuando llegó a Chopham el cañón que habrĆa de usarse contra el primer grupo de marcianos. A eso de las seis, cuando estaba tomando el tĆ© con mi esposa, en la glorieta, hablaba yo con entusiasmo acerca de la batalla que se libraba a nuestro alrededor. OĆ entonces una detonación ahogada procedente del campo comunal. A esto le siguió una descarga cerrada. Luego se oyó un estruendo violentĆsimo muy cerca de nosotros y tembló la tierra a nuestros pies. Vi entonces que las copas de los Ć”rboles que rodeaban el colegio oriental estallaban en llamas rojas, mientras que el campanario de la iglesia se desmoronaba hecho una ruina. La parte superior de la torre habĆa desaparecido, y los techos del colegio daban la impresión de haber sido vĆctimas de una bomba de cien toneladas. Se resquebrajó una de nuestras chimeneas como si le hubieran dado un caƱonazo, y un trozo de la misma cayó abajo, arruinando un macizo de flores que habĆa junto a la ventana de mi estudio. Mi esposa y yo nos quedamos anonadados. DespuĆ©s me hice cargo de que la cumbre de Maybury Hill debĆa estar al alcance del rayo calórico, ahora que no estaba el edificio del colegio en su camino. Al comprender esto, tomĆ© a mi esposa del brazo y sin la menor ceremonia la llevĆ© al camino. DespuĆ©s llamĆ© a la criada diciĆ©ndole que yo mismo irĆa arriba a buscar el cofre que tanto pedĆa. āNo podemos quedarnos aquĆ āexclamĆ©, y en ese mismo momento se reanudaron los disparos en el campo comunal. āĀæPero dónde podemos ir? āpreguntó mi esposa llena de terror. Por un instante estuve perplejo. Luego recordĆ© a nuestros primos de Leatherhead. āĀ”Leatherhead! āgritĆ© por sobre el tronar lejano del cañón. Ella miró hacia la parte inferior de la cuesta. La gente salĆa de sus casas para ver quĆ© pasaba. āĀæY cómo vamos a llegar a Leatherhead? āpreguntó. Colina abajo vi a un grupo de hĆŗsares que pasaba por debajo del puente ferroviario. Tres galoparon por los portales abiertos del colegio oriente, otros dos desmontaron para correr de casa en casa. El sol que brillaba a travĆ©s de las columnas de humo que se alzaban sobre los Ć”rboles parecĆa de color rojo sangre e iluminaba todo con una luz extraƱa. āQuĆ©date aquĆ āle dije a mi esposaā. Por ahora estarĆ”s a salvo. PartĆ enseguida hacia el perro manchado, pues sabĆa que el posadero tenĆa un coche y un caballo. EchĆ© a correr al darme cuenta de que en un momento comenzarĆan a trasladarse todos los que se hallaban en ese lado de la colina. AllĆ al hombre en su granero y vi que no se habĆa hecho cargo de lo que pasaba detrĆ”s de su casa. Con Ć©l estaba otro hombre que me daba la espalda. āTendrĆ” que darme una libra ādecĆa el posaderoā, y yo no tengo a nadie que lo lleve. āYo le darĆ© dos ādije por encima del hombro del desconocidoā. āĀæA cambio de quĆ©? āpreguntó. āLo traerĆ© de vuelta para medianoche āagreguĆ©. āĀ”Caramba! āexclamó el posaderoā. ĀæQuĆ© apuro tienes? Estoy vendiendo mi cerdo. Dos libras y me lo traes de vuelta. ĀæQuĆ© pasa aquĆ? Le expliquĆ© apresuradamente que debĆa irme de mi casa y asĆ obtuve el vehĆculo en alquiler. En ese momento no me pareció tan importante que el posadero se fuera de la suya. Me asegurĆ© de que me diera el coche sin mĆ”s demora, y dejĆ”ndolo a cargo de mi esposa y de la criada, corrĆ al interior de la casa para empacar algunos objetos de valor que tenĆamos. Las hallas de la zona comenzaron a arder mientras me ocupaba yo de esto, y las cercanas del camino quedaron iluminadas por una luz rojiza. Uno de los Ćŗsares llegó entonces a la casa para advertirnos que no fuĆ©ramos. Estaba por seguir su camino cuando salĆ yo con mis tesoros envueltos en un mantel. āĀæQuĆ© novedades hay? āle gritĆ©. Se volvió entonces para contestarme algo respecto a que salen de una cosa que parece la tapa de una fuente, y continuó su camino hacia la puerta de la casa situada en la cima. Una nube de humo negro que cruzó el camino lo ocultó por un instante. Yo corrĆ hasta la puerta de mi vecino y llamĆ© para convencerme de lo que ya sabĆa. Ćl y su esposa habĆan partido para Londres, cerrando la casa hasta su vuelta. VolvĆ a entrar para buscar el cofre de la criada, lo carguĆ© en la parte trasera del coche y saltĆ© luego al pescante. Un momento mĆ”s tarde dejĆ”bamos atrĆ”s el humo y el desorden, y descendĆamos por la ladera opuesta de Maybury Hill en dirección a Old Wolk. Frente a nosotros se veĆa el paisaje tranquilo e iluminado por el sol. A ambos lados estaba la campiƱa sembrada de trigo y la hosterĆa Maybury con su cartel sobre la puerta. En la parte inferior de la cuesta me volvĆ para mirar lo que dejĆ”bamos atrĆ”s. Espesas columnas de humo y llamas se alzaban en el aire tranquilo proyectando sombras oscuras sobre los Ć”rboles del este. El humo se extendĆa ya hacia el este y el oeste. El camino estaba salpicado de gente que corrĆa hacia nosotros, y muy levemente oĆmos el repiqueteo de las ametralladoras que al fin callaron. TambiĆ©n nos llegaron las detonaciones intermitentes de los fusiles. Al parecer, los marcianos incendiaban todo lo que habĆa dentro del alcance del rayo calórico. No soy muy experto en guiar caballos, y tuve que prestar atención al camino. Cuando volvĆ a mirar hacia atrĆ”s, la segunda colina habĆa ocultado ya el humo negro. CastiguĆ© al equino con el lĆ”tigo y aflojĆ© las riendas hasta que Walking y Cell quedaron entre nosotros y el campo de batalla. Entre ambas poblaciones alcancĆ© y pasĆ© al doctor. CAPĆTULO NĆMERO 10 DURANTE LA TORMENTA Leatherhead estĆ” a unas 12 millas de Maybury Hill. El aroma del hieno predominaba en el aire cuando llegamos a las praderas de mĆ”s allĆ” de Payford, y en los setos de ambos lados del camino veĆanse multitudes de rosas silvestres. Los disparos que empezaban mientras salĆamos de Maybury Hill cesaron tan bruscamente como se iniciaron, y la noche estaba ahora tranquila y silenciosa. Llegamos a Leatherhead alrededor de las nueve y el caballo descansó una hora mientras cenaba yo con mis primos y les recomendaba el cuidado de mi esposa. Ella guardó silencio durante el viaje y la vi preocupada y llena de aprensión. TratĆ© de tranquilizarla diciĆ©ndole que los marcianos estaban condenados a quedarse en el pozo a causa de su pesadez, y que lo mĆ”s que podĆan hacer era quizĆ” arrastrarse apenas unos metros fuera del agujero. Pero ella me contestó con monosĆlabos. De no haber sido por la promesa que hiciera el pozadero, creo que me habrĆa obligado a quedarme aquella noche con ella. OjalĆ” lo hubiese hecho. Recuerdo que estaba tan pĆ”lida cuando nos separamos. Por mi parte, todo ese dĆa habĆa estado bajo los efectos de una gran excitación. Me dominaba algo muy semejante a la fiebre de la guerra, que ocasionalmente hace presa de algunas comunidades civilizadas, y en mi fuero interno no lamentaba mucho tener que volver a Maybury aquella noche. Hasta temĆ que los Ćŗltimos disparos significaran la exterminación de los invasores. Solo puedo expresar que mi estado de Ć”nimo estaba diciendo que deseaba participar del momento triunfal. Eran casi las once cuando iniciĆ© el regreso. La noche se tornó muy oscura para mĆ, que salĆa de una casa iluminada, y el calor reinante era opresivo. En lo alto pasaban raudas las nubes, aunque ni un soplo de brisa agitaba los cetos a nuestro alrededor. El criado de mis primos encendió las lĆ”mparas del coche. Por suerte, conocĆa yo muy bien el camino. Mi esposa quedóse a la luz de la puerta y me observó hasta que subĆa al carruaje. DespuĆ©s giró sobre sus talones y entró, dejando allĆ a mis primos que me desearon un buen viaje. Al principio me sentĆ algo deprimido al pensar en los temores de mi esposa, pero muy pronto me puse a pensar en los marcianos. En aquel entonces ignoraba yo la marcha de la contienda de aquella noche. Ni siquiera conocĆa las circunstancias que habĆan precipitado el conflicto. Al cruzar por Ockham, vi en el horizonte occidental un resplandor rojo sangre que al acercarme mĆ”s se fue extendiendo por el cielo. Las nubes de la tormenta que se avecinaba se mezclaron entonces con las masas de humo negro y rojo. Cripple Street estaba desierto, y salvo una que otra ventana iluminada, la aldea no daba seƱales de vida. No obstante, a duras penas evitĆ© un accidente en la esquina del camino de Pitford donde se habĆan reunido un grupo de personas que me daban la espalda. No me dijeron nada al pasar yo. No sĆ© lo que sabĆan respecto a los acontecimientos del momento e ignoro si en esas casas silenciosas frente a las que pasĆ© se hallaban los ocupantes durmiendo tranquilamente o si habĆan ido todos para presenciar los terrores de la noche. Desde Ripley hasta que pasĆ© por Pitford estuve en el Valle del Way, y desde allĆ no pude ver el resplandor rojizo. Al ascender ya a la colina, que hay mĆ”s allĆ” de la iglesia de Pitford, el resplandor estuvo de nuevo a mi vista, y los Ć”rboles de mi alrededor temblaban con los primeros soplos del viento que traĆa la tormenta. DespuĆ©s oĆ dar las doce en el campanario del templo que dejaba atrĆ”s, y luego avistĆ© los contornos de Mayberry Week, con sus Ć”rboles y techos recortĆ”ndose claramente contra el fondo rojo del cielo. En el momento mismo en que veĆa esto, un resplandor verdoso iluminó el camino, poniendo de relieve el bosque que se extendĆa hacia Adleton. SentĆ un tirón de las riendas y vi entonces que las nubes se habĆan apartado para dejar paso a un destello de fuego verdoso que iluminó vivamente el cielo y los campos a mi izquierda. Era la tercera estrella que caĆa. Inmediatamente despuĆ©s se iniciaron los primeros relĆ”mpagos de la tormenta y el trueno comenzó a hacerse oĆr desde lo alto. El caballo mordió el freno y echó a correr como enloquecido. Una cuesta suave corre hacia el pie de Mayberry Week, y por allĆ descendimos. Una vez que se iniciaron los relĆ”mpagos, Ć©stos se sucedieron uno tras otro con su correspondiente acompaƱamiento de truenos. Los destellos eran cegadores y dificultó mucho mĆ”s mi situación el hecho de que empezó a caer un granizo que me golpeaba en la cara con fuerza. De momento no vi mĆ”s que el camino que tenĆa delante, pero de pronto me llamó la atención algo que se movĆa rĆ”pidamente por la otra cuesta de Mayberry Week. Al principio lo tomĆ© por el techo mojado de una casa, pero uno de los relĆ”mpagos lo iluminó y pude ver que se movĆa bamboleĆ”ndose. Fue una visión fugaz, un movimiento confuso en la oscuridad, y luego otro relĆ”mpago volvió a brillar y pude ver el objeto con perfecta claridad. ĀæCómo podrĆa describirlo? Era un trĆpode monstruoso, mĆ”s alto que muchas casas, y que pasaba sobre los pinos y los aplastaba en su carrera. Una mĆ”quina andante de metal reluciente que avanzaba ahora por entre los bresos. De la misma colgaban cuerdas de acero articuladas, y el ruido tumultuoso de su andar se mezclaba con el rugido de los truenos. Un relĆ”mpago, y se destacó vividamente con dos pies en el aire para desvanecerse y reaparecer casi instantĆ”neamente cien metros mĆ”s adelante cuando brilló el siguiente relĆ”mpago. ĀæPuede el lector imaginar un gigantesco banco de ordeƱar quemarse rĆ”pidamente por el campo? Tal fue la impresión que tuve en esos momentos. SĆŗbitamente se apartaron los Ć”rboles del bosque que tenĆa delante, fueron arrancados y arrojados a cierta distancia, y despuĆ©s apareció otro enorme trĆpode que corrĆa directamente hacia mĆ. Al ver el segundo monstruo perdĆ por completo el valor. Sin lanzar otra mirada desviĆ© el caballo hacia la derecha y un momento despuĆ©s volcaba el coche. Las varas se rompieron ruidosamente y yo me vi arrojado hacia un charco lleno de agua. SalĆ del charco casi inmediatamente, y me quedĆ© agazapado detrĆ”s de un matorral. El caballo yacĆa muerto, y a la luz de los relĆ”mpagos vi el coche volcado y la silueta de una rueda que giraba con lentitud. Un momento despuĆ©s pasó por mi lado el mecanismo colosal y siguió cuesta arriba en dirección a Pitford. Visto de mĆ”s cerca, el artefacto resultaba increĆblemente extraƱo, pues notĆ© entonces que no era un simple aparato que marchaba a ciegas. Era, sĆ, una mĆ”quina, y resonaba metĆ”licamente al avanzar, mientras que sus largos tentĆ”culos flexibles, uno de los cuales hacĆa el tronco de un pino, se mecĆa a sus costados. Iba eligiendo su camino al avanzar, y el capuchón color de bronce que las remataba se volvĆa de un lado a otro como si fuera una cabeza que se volviera para mirar a su alrededor. DetrĆ”s del cuerpo principal habĆa un objeto enorme de metal blanco, como un gigantesco canasto de pescador, y un humo verdoso salĆa de las uniones de los miembros al andar el monstruo. Un momento despuĆ©s desapareció de mi vista. Esto es lo que vi entonces, y fue todo muy vago e impreciso. Al pasar, lanzó un aullido ensortecedor que ahogó el retumbar de los truenos. Sonaba como un «”AlĆŗ! Ā”AlĆŗ!Ā». Un momento mĆ”s tarde estaba con su compaƱero, a media milla de distancia, y agachĆ”ndose sobre algo que habĆa en el campo. Estoy seguro de que ese objeto al que prestaron su atención era el tercero de los diez cilindros que dispararon contra nosotros desde Marte. Durante varios minutos estuve allĆ agazapado, observando a la luz intermitente de los relĆ”mpagos, aquellos seres monstruosos que se movĆan a distancia. Comenzaba a caer una llovizna fina, y debido a esto notĆ© que sus figuras desaparecerĆan por momentos para reaparecer luego. De cuando en cuando cesaban los destellos en el cielo, y la noche volvĆa a tragarlos. Estaba yo completamente empapado, y pasó largo rato antes que mi asombro me permitiera reaccionar lo suficiente como para subir a terreno mĆ”s alto y seco. No muy lejos de mĆ vi una choza rodeada por un huerto de patatas. CorrĆ hacia ella en busca de refugio y llamĆ© a la puerta, mas no obtuve respuesta alguna. DesistĆ entonces, y aprovechando la zanja al costado del camino, logrĆ© alejarme sin que me vieran los monstruos y llegar al bosque de pinos. Protegido ya entre los Ć”rboles, continuĆ© andando en dirección a mi casa. Reinaba allĆ una oscuridad completa, pues los relĆ”mpagos eran ahora mucho menos frecuentes, y la lluvia, que caĆa a torrentes, formaba una cortina a mi alrededor. Si hubiera comprendido el significado de todo lo que acababa de ver, de inmediato me hubiese vuelto por Biford hasta St. Cobham, y de allĆ a Leatherhood, a unirme con mi esposa. TenĆa la vaga idea de ir a mi casa, y eso fue todo lo que me interesó. Anduve a tropezones por entre los Ć”rboles, caĆ en una zanja y me golpeĆ© contra las tablas para llegar finalmente al caminillo del College Arms. En medio de la oscuridad se tropezó conmigo un hombre y me hizo retroceder. El pobre individuo profirió un grito de terror, saltó hacia un costado y echó a correr antes que pudiera recobrarme yo lo suficiente y dirigirle la palabra. Tan fuerte era la tormenta que me costó muchĆsimo ascender la cuesta. Me acerquĆ© a la cerca de la izquierda y fui agarrĆ”ndome a los postes para poder subir poco a poco. Cerca de la cima tropecĆ© con algo blando, y a la luz de un relĆ”mpago vi entre mis pies un trozo de gĆ©nero y un par de zapatos. Antes que pudiera percibir bien cómo estaba tendido el hombre, volvió a reinar la oscuridad. Me quedĆ© parado sobre Ć©l esperando el relĆ”mpago siguiente. Cuando brilló la luz vi que era un hombre fornido que vestĆa pobremente, tenĆa la cabeza doblada bajo el cuerpo y estaba tendido al lado de la cerca, como si hubiese sido arrojado hacia ella con tremenda violencia. Venciendo la repugnancia natural de quien no ha tocado nunca un cadĆ”ver, me agachĆ© y le volvĆ para tocarle el pecho. Estaba muerto. Aparentemente se habĆa desnucado. Volvió a brillar el relĆ”mpago y al verle en la cara me levantĆ© de un salto. Era el posadero del perro manchado a quien alquilara yo el coche. PasĆ© sobre Ć©l y continuĆ© cuesta arriba, pasando por la comisarĆa y el College Arm para ir a mi casa. No ardĆa nada en la ladera, aunque sobre el campo comunal se veĆa aĆŗn el resplandor rojizo y las espesas nubes de humo. SegĆŗn vi a la luz de los relĆ”mpagos, la mayorĆa de las casas de los alrededores estaban intactas. Camino abajo en dirección al puente de Mabry, resonaban voces y pasos, mas no tuve el coraje de gritar para atraer la atención de lo que fuera. EntrĆ© a mi casa, echĆ© la llave a la puerta y avancĆ© tambaleante hasta el pie de la escalera, sentĆ”ndome en el Ćŗltimo escalón. No hacĆa mĆ”s que pensar en los monstruos metĆ”licos y el cadĆ”ver aplastado contra la cerca. Me acurruquĆ© allĆ, con la espalda contra la pared, y me estremecĆ violentamente. CAPĆTULO NĆMERO 11 DESDE LA VENTANA Ya he aclarado que mis emociones suelen agotarse por sĆ solas. Al cabo de un tiempo descubrĆ que estaba mojado y sentĆa frĆo, mientras que a mis pies se habĆan formado charcos de agua. Me levantĆ© casi mecĆ”nicamente, entrĆ© en el comedor para beber un poco de whisky y despuĆ©s fui a cambiarme de ropa. Hecho esto subĆ a mi estudio, aunque no sĆ© por quĆ© fui allĆ. Desde la ventana de esa instancia se divisa el campo comunal de Horser sobre los Ć”rboles y el ferrocarril. En el apresuramiento de nuestra partida la habĆamos dejado abierta. Al llegar a la puerta me detuve y mirĆ© con atención la escena enmarcada en la abertura de la ventana. HabĆa pasado la tormenta. No existĆan ya las torres del colegio oriental ni los pinos de su alrededor, y muy lejos, iluminado por un vĆvido resplandor rojizo, se veĆa perfectamente el campo que rodeaba los arenales. Sobre el fondo luminoso se veĆan moverse enormes formas negras, extraƱas y grotescas. ParecĆa, en verdad, como si toda la región de aquel lado estuviera quemĆ”ndose y las llamas se agitaban con las rĆ”fagas del viento y proyectaban sus luces sobre las nubes. De cuando en cuando pasaba frente a la ventana una columna de humo que ocultaba a los marcianos. No pude ver lo que hacĆan ni divisarlos a ellos con claridad, como tampoco me fue posible reconocer los objetos negros con que trabajaban. CerrĆ© la puerta con suavidad y avancĆ© hacia la ventana. Al hacer esto se amplió mi campo visual hasta que por un lado pude percibir las casas de Woking y del otro los bosques ennegrecidos de Bifle. HabĆa una luz cerca del arco del ferrocarril y varias de las casas del camino de Maybury y de las calles próximas a la estación estaban completamente en ruinas. Al principio me intrigó lo que vi en los rieles, pues era un rectĆ”ngulo negro y un resplandor muy vĆvido, asĆ como tambiĆ©n una hilera de rectĆ”ngulos amarillentos. DespuĆ©s notĆ© que era un tren volcado, cuya parte anterior estaba destrozada y era presa de las llamas, mientras que los vagones posteriores continuaban aĆŗn sobre las vĆas. Entre estos tres centros principales de luz, la casa, el tren y el campo incendiado en dirección a Chobham, se extendĆan trechos irregulares de lugares oscuros, interrumpidos aquĆ y allĆ” por los rescordos de los presos aĆŗn humeantes. Al principio no pude ver a ningĆŗn ser humano, y aunque abusĆ© la vista en todo momento, mĆ”s tarde vi contra la luz de la estación Woking un nĆŗmero de figuras negras que corrĆan una tras otra. Y este era el pequeƱo mundo en el que habĆa vivido tranquilamente durante aƱos. Este caos de muerte y fuego. AĆŗn ignoraba lo ocurrido en las Ćŗltimas siete horas y no conocĆa, aunque ya comenzaba a sospecharlo, quĆ© relación habĆa entre esos colosos mecĆ”nicos y los torpeceres que viera salir del cilindro. Con una extraƱa impresión de interĆ©s objetivo, volvĆ mi sillón hacia la ventana. TomĆ© asiento y me puse a mirar hacia el exterior, fijĆ”ndome especialmente en los tres gigantes negros que iban de un lado a otro entre el resplandor que iluminaban los arenales. ParecĆan estar notablemente ocupados y me preguntĆ© quĆ© serĆan. ĀæMecanismos inteligentes? Me dije que tal cosa era imposible, Āæo habrĆa un marciano dentro de cada uno o dirigiendo al gigante tal como el cerebro de un hombre dirige el cuerpo? ComencĆ© a comparar los colosos con las mĆ”quinas construidas por los hombres y me preguntĆ©, por primera vez en mi vida, ĀæquĆ© parecerĆan a un animal nuestros acorazados o nuestras locomotoras? Ya se habĆa aclarado el cielo al descargarse la tormenta y sobre el humo que se elevaba de la tierra ardiente podĆa verse el punto luminoso de Marte que declinaba hacia Occidente. En ese momento entró un soldado en mi jardĆn. OĆ un ruido en la cerca, y saliendo de mi abstracción mirĆ© hacia abajo y le vi trepar sobre las tablas. Al ver a otro ser humano salĆ de mi letargo y me inclinĆ© sobre el alfĆ©izar. āĀ”Oiga! āllamĆ© en voz baja. El otro se detuvo sobre la cerca, luego pasó al jardĆn y cruzó hacia la casa. āĀæQuiĆ©n es? ādijo entonoquedo y miró hacia la ventana. āĀæDónde va usted? āle preguntĆ©. āSolo Dios lo sabe. āĀæQuiere esconderse? āAsĆ es. āEntre entonces āle dije. BajĆ©, abrĆ la puerta, le hice pasar y volvĆ a echar la llave. No pude verle la cara, no llevaba gorra y tenĆa la chaqueta abierta. āĀ”Dios mĆo! āexclamó al entrar. āĀæQuĆ© pasó? āPregĆŗntame quĆ© es lo que no pasó ādijo, y vi en la penumbra que hacĆa un geto de desesperación. āNos barrieron por completo. Repitió esta Ćŗltima frase una y otra vez. Me siguió luego hacia el comedor. āTome un poco de whisky āle dije sirviĆ©ndole una copa llena. La bebió de un sorbo y se sentó en la mesa. Poniendo la cabeza sobre los brazos, rompió a llorar como un niƱo, mientras que yo, olvidando mi desesperación reciente, se miraba sorprendido. Pasó largo rato antes que pudiera calmar sus nervios y responder a mis preguntas, y entonces me contestó de manera entrecortada y en tono perplejo. Era artillero y habĆa entrado en acción a eso de las siete. A esa hora ya se efectuaban disparos en el campo comunal, y decĆase que el primer grupo de marcianos se arrastraba lentamente hacia el segundo cilindro, protegiĆ©ndose bajo un caparazón de metal. Algo mĆ”s tarde, el caparazón se paró sobre sus patas en manera de trĆpode y convirtióse en la primera de las mĆ”quinas que viera yo. El cañón que servĆa el soldado quedó ubicado cerca de Horser, a fin de dominar con Ć©l los arenales, y su llegada habĆa precipitado los acontecimientos. Cuando los artilleros se disponĆan a entrar en funciones, su caballo metió una pata en una conejera y lo arrojó a una depresión del terreno. Al mismo tiempo estalló el cañón a sus espaldas, volaron las municiones y le rodeó el fuego, mientras que Ć©l se encontró tendido bajo un montón de hombres y caballos muertos. āMe quedĆ© quieto āmanifestó. El miedo me habĆa atontado y tenĆa encima el cuarto delantero de un caballo. Nos habĆan barrido por completo. El olor, Dios mĆo, era como de carne asada. La caĆda me lastimó la espalda y tuve que quedarme tendido hasta que se me pasó el dolor. Un momento antes habĆamos estado como en un desfile, y de pronto se fue todo al demonio. HabĆas escondido debajo del caballo muerto durante largo tiempo, espiando de cuando en cuando. Los soldados del cuerpo de Cardigan habĆan intentado efectuar una avanzada información de Escaramuza, pero fueron exterminados todos desde el pozo. Luego se levantó el monstruo y comenzó a caminar lentamente de un lado a otro del campo comunal. Entre los pocos supervivientes, dando vuelta el capuchón tal como si fuera la cabeza de un ser humano. En uno de sus tentĆ”culos metĆ”licos llevaba un complicado aparato del que sabĆan destellos verdosos y por cuyo tubo proyectaba del rayo calórico. SegĆŗn me contó el soldado, en pocos minutos no quedó un alma viviente en el campo, y todos los matorrales y Ć”rboles que no estaban ya quemados se convirtieron en una pira ardiente. Los sĆŗsares se hallaban tras una curva del camino y no los vio. Proyectó su rayo calórico y la aldea se convirtió en un montón de ruinas llameantes. Oyó durante un rato el tableteo de las ametralladoras, pero luego cesaron los disparos. El gigante dejó para el final la estación Walking y las casas que la rodeaban. Entonces, proyectó su rayo calórico y la aldea se convirtió en un montón de ruinas llameantes. DespuĆ©s dio la espalda al artillero y se fue hacia el bosque de pinos en que se hallaba el segundo cilindro. Un segundo gigante salió entonces del pozo y siguió al primero. El artillero se arrastró por los bresos calientes en dirección a Horselt, logró llegar con vida hasta la zanja que bordea el camino y asĆ consiguió escapar de Walking. Me explicó que allĆ quedaban algunos hombres con vida, muchos de ellos con quemaduras y todos aterrorizados. El fuego le obligó a dar un rodeo y tuvo que esconderse entre los restos acalentados de una pared al volver uno de los marcianos. Vio que el monstruo perseguĆa a un hombre, lo tomaba con uno de sus tentĆ”culos metĆ”licos y le destrozaba la cabeza contra un Ć”rbol. Al fin, despuĆ©s que cayó la noche, el artillero echó a correr y pudo cruzar el terraplĆ©n ferroviario. Desde entonces estuvo caminando hacia Maybury con la esperanza de escapar del peligro y dirigirse a Londres. La gente se ocultaba en zanjas y sótanos y muchos de los sobrevivientes habĆan seguido a Walking y Scent. La sed le hizo sufrir mucho hasta que halló un caƱo de agua corriente que estaba roto y del cual salĆa el lĆquido como de un manantial. Esto fue lo que me contó de manera fragmentaria. El artillero se calmó gradualmente mientras me relataba sus aventuras. No habĆa comido nada desde mediodĆa, de modo que fui a buscar un poco de carne y pan a la lacena y puse todo sobre la mesa. No encendimos luz por temor de atraer a los marcianos, de modo que tuvimos que comer a oscuras. Mientras hablaba Ć©l comenzaron a disiparse las sombras y poco a poco pudimos distinguir los cepos pisoteados y los rosales en ruinas del jardĆn. ParecĆa que un nĆŗmero de hombres o animales habĆa cruzado el lugar a la carrera. Me fue posible ya ver el rostro ennegrecido y macilento de mi compaƱero. Cuando terminamos de comer subimos a mi estudio y de nuevo mirĆ© yo por la ventana. En una noche se habĆa convertido el valle en un campo de cenizas. Ya no ardĆan tanto los fuegos. Donde antes habĆan llamas ahora se veĆan columnas de humo, pero las innumerables ruinas de casas destruidas y Ć”rboles arrancados y consumidos por las llamas, que antes estuvieron ocultos por las sombras de la noche, ahora mostrabanse con aspecto terrible a la luz cruel del amanecer. No obstante, aquĆ y allĆ” veĆase algo que habĆa escapado de la destrucción. Una seƱal ferroviaria por aquĆ, el extremo de un invernadero por allĆ” y algunas otras cosas. JamĆ”s en la historia de la guerra habĆas efectuado destrucción semejante. Y brillando a la luz creciente del oriente vi a tres de los gigantes metĆ”licos parados cerca del pozo, con sus capuchones rotando como si inspeccionaran la desolación de que fueran causa. Me pareció que el pozo se habĆa agrandado, y a cada momento salĆa del interior una nube de vapor verdoso que se elevaba hacia el cielo. MĆ”s allĆ” se destacaban las llamaradas procedentes de Chopin, que, con las primeras luces del alba, se convirtieron en grandes nubes de humo teƱidas de rojo.
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